«Siempre estaba ahí para lo que necesitaras», afirmó uno de los hijos de Pablo Galindo, el cronista de Los Alcázares que recibió, a título póstumo, el premio Alkazar 2018, cuya comisión él mismo presidió durante años. Con la plaza del Ayuntamiento repleta de vecinos, amigos y familiares, el joven recordó a su padre adoptivo: «No tengo más que decir sobre su generosidad que mis padres fueron a América y no adoptaron a uno sino a cuatro hijos»

Un mes después de entregar el último premio Al Kazar, Galindo murió, una mañana de noviembre de 2017, sobre su mesa de trabajo mientras repasada sus papeles, libros y legajos. Así lo recordó su hijo. «Era una hombre de cosas sencillas, su sillón, su café, su ordenador y sus hojas para plasmar pensamientos».

«Noto cómo el tiempo se me escapa entre los dedos», comentaba el cronista hace solo un año. Acababa de publicar su último libro, ‘Los Alcázares, la vertiente y el aljibe’, sobre la escasez y la demasía con que se presenta el agua en el campo de Cartagena.

El fallecimiento de Pablo Galindo ha obligado al Ayuntamiento a asumir la función de la Comisión Al Kazar, que ayer quiso reconocer también el trabajo y el espíritu pionero de los primeros comerciantes de Los Narejos, cuando apenas lo poblaban las palmeras y un puñado de casas. Uno de los que sentó los cimientos del turismo fue José Antonio Zapata Pagán, fundador en los años sesenta de Casa Pagán, el ventorrillo que servía bebidas y vendía un poco de todo, y que se convirtió en el actual Hotel Pagán. Sus 94 años le impidieron ayer recoger el premio, pero se recordó cómo alojó a las primeras familias huertanas que acudían a la playa y a los grupos de turistas madrileños.

No muy lejos abrieron en la misma década su tienda de ultramarinos Pedro Gómez y Matilde Pérez, que lo mismo vendían butano que repartían viandas por los caseríos. No pocos les recuerdan por la libreta de cuentas pendientes, ya que algunas familias pudieron salir adelante en aquellos tiempos difíciles porque les fiaban los alimentos en la tienda. Otro punto de encuentro de la misma época fue el bar El Chispazo, abierto por Alfonso Vidal, quien había sido basurero en Torre Pacheco. Su barra era parada de los militares que marchaban entre el cuartel de Los Alcázares y el de La Ribera. Los huertanos también daban cuenta allí de los revueltos de anís y el vino de barril.

Subió también al escenario de Los Alcázares la noche del pasado sábado Mariano Martínez, propietario del supermercado Facono. Nació bajo el mostrador de la tienda, donde su madre se puso de parto y recibió la ayuda de una vecina que casualmente se encontraba allí.

Otro homenajeado fue Domingo Saura, propietario de la vaquería de Los Narejos. Domingo se dedicó a recoger algodón y a segar hierba, después ordeñaba las vacas y se marchaba en su furgoneta a recorrer el pueblo para repartir leche fresca. A la vuelta aún se iba a labrar la tierra, con el cuerpo ya derrotado, por eso su mujer, Granada, se lo encontró alguna vez dormido sobre el tractor. Tan querido ha sido por sus vecinos que, cuando se prohibió el reparto de leche a domicilio, salieron con pancartas a la calle reivindicando a su lechero. Entre los pioneros que recibieron ayer el reconocimiento de sus vecinos, quedaron también en la memoria las hermanas Severa y María García Pagán, que abrieron el primer estanci de Los Narejos.

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